¿Dónde quedó mi juventud?,
¿cuándo olvidé
que lo importante es olvidarse de olvidar?,
¿cómo pude sucumbir
al tedio de contar mis latidos
en busca de una constante
que dicte mis letras?
Hoy soy yo,
sólo yo y solo,
viejo con dolores de viejo y nostalgia del pasado,
lleno de recuerdos
y vacío de alma,
hoy soy urna funeraria.
Hoy soy yo, sólo yo y solo,
cansado de cansarme y bostezar mis lamentos
a un viento que ya no sopla
y devuelve mi aliento
putrefacto,
y estupefacto me vuelvo al ayer
y sonrío
mientras me dice adiós.
Hoy soy yo.
Corre tinta por mis venas, ríos de tinta para ser sincero, pero, ¿dónde van a parar cuando me siento, libre de cargas, y tras un pequeño esfuerzo, reunido el valor suficiente, libero mi mente de obstáculos y, al terminar, tiro de la cadena?
viernes, 4 de diciembre de 2015
Hace tiempo
Hace tiempo dejé de oír tus palabras y empecé a observar el movimiento de tus labios, a sentir las vibraciones de tu timbre y a devorar cada dulce brisa que escapa de tu boca cuando me hablas.
Ahora sé
Alzo la vista y te veo sonreír,
de nuevo,
y llamas al tiempo con tu brisa
y todo se hace eterno,
distinto,
limpio,
como lo fue ayer,
o como así recuerdo una y otra vez,
cuando las arrugas de la cama eran
secretos rincones
de nuestros sueños.
Guardo silencio y te oigo sentir,
con ganas,
y danzas al viento en su alfombra
y todo se hace inmenso,
abierto,
sencillo,
como lo fue ayer, o como así recuero una y otra vez,
cuando las letras de mi verso eran
amantes susurros
de nuestro universo.
Te miro una última vez y guardo silencio
y me pierdo en el olvido
para siempre
porque ahora de nuevo
vuelves a ser feliz
y no es conmigo.
Alzo la vista y te veo sonreír,
al cambio,
y ya no me buscas entre la gente
y ya no es mi nombre el que susurras
y ya no es mi vida la que importa
y ahora sólo sé que eres feliz.
Guardo silencio y te oigo sentir,
sin duelo,
y ya no lloras en las sombras
y ya no gritas en mi ventana
y ya no es mi alma la que te ancla
y ahora ya lo sé...
lunes, 5 de octubre de 2015
Lo que nos queda
Sombras de aquellas noches
se deslizan etéreas,
intangibles,
inalcanzables espíritus narrando
horas que llenaron el espacio.
Duermes profunda y sincera
y yo muero.
Calma de mil aires callados
se estremecen confusas,
aturdidas,
galopando sin gobierno ni barreras
y atropellan mis latidos a su paso.
Duermes profunda y sin vida
y yo sueño.
Vidas de sueños encontrados
se pierden vencidas,
apáticas,
abandonadas sin camino que prosiga
y vuelven de la mano hacia otro día.
jueves, 1 de octubre de 2015
Nen@, tú vales mucho!
Una querida compañera de espacios literarios ha decidido crear un regalo para mostrarnos su cariño y su apoyo; me parece que es el mejor de los presentes que me han hecho, tanto por el sentimiento de amistad y ternura que refleja, como por el apreciado golpecito en la espalda que siempre es de agradecer.
martes, 29 de septiembre de 2015
La ley del reverendo.
La cuerda se balanceaba ligeramente, desde la rama de un viejo árbol.
La brisa fresca soplaba de las montañas nevadas del norte, el territorio donde vivían los monstruos de las historias que las madres contaban, a sus niños, cuando los acostaban en la cama.
Era domingo y Tom, el pequeño hijo mestizo del sheriff J. Wallace, jugaba en el río, antes de la hora de comer, mientras su madre tendía la ropa.
Vivían a media hora a caballo de Coloma, en una cabaña con unos acres de terreno de cultivo y un par de mulas para el arado.
Unos años antes, cuando su hijo aún no había nacido, tuvieron ganado pero, para una mujer, llevar las cosas de la casa y criar a un bebé ya eran demasiado trabajo, al menos eso le dijo John, una noche, mientras acariciaba la barriga donde crecía Tom.
Shasta nunca le dijo a su marido que se sentía insegura en aquel paraje, sin embargo, ella sabía que sus tierras estaban demasiado lejos de la justicia impartida por él.
Coloma, a pesar de ser una de las comunidades más tranquilas y prósperas de todo el Condado de California, lo primero gracias al sheriff y sus ayudantes, lo segundo gracias a la abundancia de pepitas de oro provenientes de Sutter's Mill, estaba poblada por gentes demasiado recelosas y, absolutamente todas esas personas, fieles creyentes y fervientes adoradoras de los oscuros y acusadores sermones dominicales del reverendo William Clay.
Precisamente, aquella mañana de domingo, el reverendo había hablado, había gritado, había acusado y sentenciado a todos aquellos sucios e inmundos seres que vivían semi desnudos, pintados con extrañas marcas, salvajes incivilizados e infieles productos nacidos del vientre de Satanás.
Sí, habló de los indios que vivían en las montañas, aunque nunca se habían acercado a Coloma. Insultó a aquellos adoradores de otras fuerzas, a quienes nunca habían aceptado la "verdadera" fe y, en su furia religiosa, en su sermón envenenado, señaló al peor de los infieles, a quien retozó con una salvaje y, fruto de aquél pecado, trajo al mundo a una bestia sin alma.
"Amén" fue la respuesta de todos los feligreses.
La cuerda se balanceaba ligeramente, desde la rama de un viejo árbol, a mitad de camino entre Coloma y la cabaña donde Shasta y el pequeño Tom esperaban a que llegase John para comer.
El cuerpo del sheriff, sin vida, colgaba de uno de los extremos de la soga.
jueves, 17 de septiembre de 2015
La mansión Crow Mirror
Capítulo VI: Un cigarro, un whisky y una extraña.
-¿Sr. Mongabay...? ¿Monsieur...?
Una fría y fina mano me tomó del brazo, era Linda, me miraba con la cara desencajada, como si hubiese visto un fantasma.
-¿Sí? -respondí tratando de no mostrar mi desorientación.
-Le indicaba que su habitación está al final del pasillo de la primera planta, bajo estrictas "recomendaciones" del señor Cromwell. Nuestra mejor habitación.
-Claro, claro, al final de pasillo...primera planta...- repetí mientras tomaba la llave que me ofrecía.
Me giré hacia la escalera, adornada con una alfombra de aspecto envejecido que recorría todos los escalones. El pasamanos, de madera de roble, brillaba bajo la araña del hall.
Metí la mano en el bolsillo de la americana y saqué el paquete de Lucky. No quedaba ni un cigarro. Lo estrujé y lo devolví a su lugar de partida con una mueca en la cara.
-Perdona, belleza, ¿hay manera de encontrar algo de beber y un pitillo en este "encantador" hotel?
-Tiene un paquete de tabaco en la mesita de su habitación. En seguida aviso a mi marido para que le suba una botella de bourbon, si le parece bien.
No respondí, supuse que el silencio otorga y que aquella mujer ya no quería escuchar ninguna de mis apreciaciones. Por el momento, era mejor dejarla tranquila, tal vez, cuando bajase a cenar, trataría de sacar de nuevo el tema de Clarise.
Mientras subía las escaleras, me preguntaba porqué había vuelto a mi cabeza ese extraño sueño de muerte, esclavitud, demonios y brujería. Nunca me había sucedido despierto, siempre me asaltaba en mitad de la noche y me despertaba empapado en sudor, como si yo mismo hubiese corrido entre aquellos demonios hambrientos de venganza, pero esta vez me vino en plena conversación y, por desgracia, ni siquiera pude escuchar la respuesta de Linda, a pesar de que la sabía de antemano.
La habitación del hotel estaba decorada con cierto encanto maternal, sin ser especialmente femenina ni pomposa, pero sí muy acogedora. Necesitaba asearme antes de bajar a cenar, así que llené la bañera hasta que el vapor cubrió por completo el espejo y la ventana.
Conecté el aparato de radio a tiempo de escuchar los últimos compases de Hobo Blues, de John Lee Hooker, mientras abría el paquete y me encendía, con una cerilla, un Lucky que llenó de calor mis pulmones. Algo de Muddy Waters sonaba mientras me sumergía en el agua, dejando el pitillo del otro lado de la bañera.
Alguien golpeó la puerta de la habitación y supe que llegaba mi deseada bebida, así que me limité a gritarle al camarero que dejase la botella sobre la mesa y me sirviese un vaso para cuando saliese.
-¿Lo quieres solo...?- me preguntó una aterciopelada voz femenina desde el quicio de la puerta- ¿...o acompañado?
La voz salía de unos labios rojos como la sangre, los cuales adornaban, con su sensual sonrisa, una de las caras más hermosas que había visto en mi vida. Su cabello, del color de la noche, se ondulaba con elegancia sobre unos desnudos hombros, de los que apenas colgaban unos finos tirantes que sostenían un sedoso vestido negro.
-Cariño, es posible que me arrepienta de mi respuesta, pero lo quiero solo, aunque si te marchas me voy a sentir muy triste.
- Señor Mongabay, he venido a pedirle que se marche de este lugar y que abandone este "encargo". Puedo ser todo lo "persuasiva" que usted quiera.
-Cielo, si no te importa, llámame Peter, creo que en estas circunstancias puede decirse que la fina línea que separa la familiaridad de la educación ha sido cruzada con creces- dije mientras me incorporaba de la bañera- por cierto, aun no sé tu nombre.
-Claro, Peter, puedes llamarme como quieras. Toma tu whisky- me dijo mientras se acercaba a la bañera con un vaso en una mano y la botella en la otra.
Tomó mi cigarro y lo llevó a sus labios, me sirvió el bourbon y dejó la botella sobre el lavabo al tiempo que apagaba el pitillo.
Se soltó los tirantes del vestido, que cayó con suavidad al suelo, y entró en la bañera rozando mi piel con sus perfectamente esculpidos pechos.
La radio emitía una canción de Sarah Vaughan, "In a sentimental mood" y todo, absolutamente todo en aquel instante, me advirtió de dos cosas: la primera es que estaba seguro de que aquella noche no proseguiría con mi investigación, la segunda es que me quedaría sin cenar.
-¿Sr. Mongabay...? ¿Monsieur...?
Una fría y fina mano me tomó del brazo, era Linda, me miraba con la cara desencajada, como si hubiese visto un fantasma.
-¿Sí? -respondí tratando de no mostrar mi desorientación.
-Le indicaba que su habitación está al final del pasillo de la primera planta, bajo estrictas "recomendaciones" del señor Cromwell. Nuestra mejor habitación.
-Claro, claro, al final de pasillo...primera planta...- repetí mientras tomaba la llave que me ofrecía.
Me giré hacia la escalera, adornada con una alfombra de aspecto envejecido que recorría todos los escalones. El pasamanos, de madera de roble, brillaba bajo la araña del hall.
Metí la mano en el bolsillo de la americana y saqué el paquete de Lucky. No quedaba ni un cigarro. Lo estrujé y lo devolví a su lugar de partida con una mueca en la cara.
-Perdona, belleza, ¿hay manera de encontrar algo de beber y un pitillo en este "encantador" hotel?
-Tiene un paquete de tabaco en la mesita de su habitación. En seguida aviso a mi marido para que le suba una botella de bourbon, si le parece bien.
No respondí, supuse que el silencio otorga y que aquella mujer ya no quería escuchar ninguna de mis apreciaciones. Por el momento, era mejor dejarla tranquila, tal vez, cuando bajase a cenar, trataría de sacar de nuevo el tema de Clarise.
Mientras subía las escaleras, me preguntaba porqué había vuelto a mi cabeza ese extraño sueño de muerte, esclavitud, demonios y brujería. Nunca me había sucedido despierto, siempre me asaltaba en mitad de la noche y me despertaba empapado en sudor, como si yo mismo hubiese corrido entre aquellos demonios hambrientos de venganza, pero esta vez me vino en plena conversación y, por desgracia, ni siquiera pude escuchar la respuesta de Linda, a pesar de que la sabía de antemano.
La habitación del hotel estaba decorada con cierto encanto maternal, sin ser especialmente femenina ni pomposa, pero sí muy acogedora. Necesitaba asearme antes de bajar a cenar, así que llené la bañera hasta que el vapor cubrió por completo el espejo y la ventana.
Conecté el aparato de radio a tiempo de escuchar los últimos compases de Hobo Blues, de John Lee Hooker, mientras abría el paquete y me encendía, con una cerilla, un Lucky que llenó de calor mis pulmones. Algo de Muddy Waters sonaba mientras me sumergía en el agua, dejando el pitillo del otro lado de la bañera.
Alguien golpeó la puerta de la habitación y supe que llegaba mi deseada bebida, así que me limité a gritarle al camarero que dejase la botella sobre la mesa y me sirviese un vaso para cuando saliese.
-¿Lo quieres solo...?- me preguntó una aterciopelada voz femenina desde el quicio de la puerta- ¿...o acompañado?
La voz salía de unos labios rojos como la sangre, los cuales adornaban, con su sensual sonrisa, una de las caras más hermosas que había visto en mi vida. Su cabello, del color de la noche, se ondulaba con elegancia sobre unos desnudos hombros, de los que apenas colgaban unos finos tirantes que sostenían un sedoso vestido negro.
-Cariño, es posible que me arrepienta de mi respuesta, pero lo quiero solo, aunque si te marchas me voy a sentir muy triste.
- Señor Mongabay, he venido a pedirle que se marche de este lugar y que abandone este "encargo". Puedo ser todo lo "persuasiva" que usted quiera.
-Cielo, si no te importa, llámame Peter, creo que en estas circunstancias puede decirse que la fina línea que separa la familiaridad de la educación ha sido cruzada con creces- dije mientras me incorporaba de la bañera- por cierto, aun no sé tu nombre.
-Claro, Peter, puedes llamarme como quieras. Toma tu whisky- me dijo mientras se acercaba a la bañera con un vaso en una mano y la botella en la otra.
Tomó mi cigarro y lo llevó a sus labios, me sirvió el bourbon y dejó la botella sobre el lavabo al tiempo que apagaba el pitillo.
Se soltó los tirantes del vestido, que cayó con suavidad al suelo, y entró en la bañera rozando mi piel con sus perfectamente esculpidos pechos.
La radio emitía una canción de Sarah Vaughan, "In a sentimental mood" y todo, absolutamente todo en aquel instante, me advirtió de dos cosas: la primera es que estaba seguro de que aquella noche no proseguiría con mi investigación, la segunda es que me quedaría sin cenar.
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