viernes, 15 de mayo de 2026

Te tengo

 Te tengo…

tengo estrellas que se fueron
tengo canas en el pelo

tengo ganas en el cuerpo
tengo risa y tengo miedo

tengo en la espalda
muertos
que ahora viven en el cielo

tengo hogar
y tengo techo

tengo todo lo que quiero

tengo vida
tengo duelo

tengo el tiempo entre los dedos

y aunque a veces
me derrumbe

todo, todo…
te lo llevo dentro

porque a ti
te llevo dentro

como el aire
de febrero

como el humo
del puchero

como el sol
sobre los tiestos

porque a ti
te llevo dentro

aunque calle
aunque tiemble

aunque el mundo
vaya lejos

la sombra
de la noche y sus misterios

me encontraron
escondida y en silencio

y dejaron
esta paz que me acompaña
cuando me adentro
en tus sueños

y el aire…

y el rocío en la mañana
despiertan

a la vida entre tus juegos

y cantan
canciones de cuna

en tu mirada

porque a ti
te llevo dentro

como quien guarda
un secreto

sin cadenas
sin promesas

sin temor
y sin remedio

porque a ti…

te tengo.

viernes, 27 de febrero de 2026

Lo que trae el mar

El hotel Seeblick cerraba los postigos a las nueve, como si el mar pudiera entrar a robarle los recuerdos. En la isla, cuando caía la niebla, nadie hacía preguntas. El director, Herr Krüger, lo sabía mejor que nadie. Por eso murió solo, con la alfombra bebiéndose su última verdad.


La limpiadora se llamaba Marta, aunque nadie preguntó nunca de dónde venía. Llegaba antes del amanecer, cuando el muelle crujía y las gaviotas parecían testigos cansados. Tenía manos pequeñas y una paciencia química. En el carrito llevaba siempre lo mismo: trapos grises, guantes, y un bote blanco con letras rojas. Virkon. Desinfectante total. Para virus, bacterias… y recuerdos.


Krüger apareció en la suite 312, garganta abierta como una promesa incumplida. El director había sido cuidadoso con sus secretos, pero torpe con sus vicios. Había pagado a Marta para que callara. Luego intentó pagar menos. En los pueblos pequeños, eso es una sentencia.


Marta encontró el cuerpo sin sorpresa. Miró el reloj, suspiró, y cerró la puerta. El mar golpeaba las rocas como un metrónomo. Preparó la solución con precisión de enfermera: agua fría, el polvo rojo disolviéndose hasta quedar rosa pálido. Aplicó sobre la alfombra, las sábanas, el borde del escritorio donde la sangre había escrito su propio informe. El Virkon hizo su trabajo: oxidó el rastro, borró el olor, desactivó la historia.


Cuando terminó, la habitación olía a hospital y a nada. Abrió la ventana. La niebla entró obediente.


La policía llegó al mediodía. Un inspector con abrigo húmedo y ojos que ya habían visto demasiados finales. Preguntó por Krüger. Nadie lo había visto desde la noche anterior. El registro fue rápido, casi educado. En la 312 encontraron orden. Demasiado orden. El inspector frunció el ceño.


—¿Quién limpia aquí? —preguntó.


—Marta —dijo el recepcionista—. Siempre Marta.


La encontraron en el pasillo del sótano, fregando una escalera que no llevaba a ninguna parte. El bote blanco estaba a su lado.


—¿Qué es eso? —preguntó el inspector.


—Para desinfectar —respondió ella, sin levantar la vista—. En un hotel nunca se sabe qué deja la gente.


El inspector asintió. En la isla, las cosas desaparecían con facilidad: barcos, veranos, hombres importantes. Miró el mar por la ventana del sótano y pensó que el caso se resolvería solo, como tantos otros.


Esa noche, el Seeblick volvió a cerrar los postigos a las nueve. Marta empujó su carrito hacia la salida, ligera. En el muelle, el agua estaba negra y tranquila. El Virkon había hecho su trabajo. El resto lo haría el mar.