miércoles, 26 de agosto de 2015

La carrera (2)

Deambula, descalza, atravesando un callejón desierto, sembrado de cristales rotos y otros desperdicios de algún local cercano, cerrado horas antes, cuando la ciudad aún estaba tratando de dormir.

Su vista, borrosa, sólo percibe luces y sombras de lo que parecen los indicadores de un taxi alejándose de aquel lugar.

La ropa, o lo que queda de ella, se reparte en jirones por su maltrecho y entumecido cuerpo, decorado con heridas profundas de las que brotan hilos continuos de sangre. No siente dolor, al menos todavía no, tal vez por el abusivo tratamiento de opiáceos al que ha sido sometida durante siete días y seis noches.

El amanecer está casi al otro lado del callejón, una claridad áurea parece emerger de algún punto en el infinito horizonte hacia el que camina sin conciencia.

Se apoya en una de las paredes, a punto de desmayarse; su cabeza no puede gestionar ninguna información, ni lo intenta, apenas le llega para mover una pierna detrás de la otra e intentar avanzar.

Logrando reponerse de su desvanecimiento, vuelve a recorrer aquel pasillo interminable que parece llevarla hacia una salvación que aun ignora necesitar. Un paso detrás de otro la llevan al final del callejón y, por fin, todo parece encajar, apenas le quedan un par de calles para llegar a su portal, recuerda la zona, recuerda la noche, recuerda el bolsito y recuerda el miedo.

Su corazón se dispara y, con cada latido, sus heridas parecen abrirse más y más, haciendo que los hilos de sangre pasen a ser regueros por los que se escapa su vida.

Con el miedo llega el dolor, y éste le trae espeluznantes imágenes de lo sucedido: rostros enmascarados sobre ella, risas metálicas y sonidos de extrañas herramientas en contacto con su piel.

Su cerebro no puede soportar esa tortura y su corazón parece explotar en su pecho. Finalmente sucumbe al miedo y al dolor y se desploma sobre la acera adoquinada, en la que una semana antes, una noche como esa, las farolas y los árboles bailaban al son de una dulce brisa de estrellas.

"Mierda-pensó el inspector Julio cuando leyó la página de sucesos del diario- ya le han puesto apodo."

Dobló el periódico y lo lanzó al final de la barra. Se tomó su café cargado y se despidió del camarero con un ademán. Tenía que llegar a la comisaría lo antes posible, para evitar a la panda de buitres y demás carroñeros que siempre aparecen cuando salen este tipo de noticias.

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